
El Mistral llega sin ningún aviso y de mala manera, soplando a los gritos, pegando bofetadas a las plantas del pequeño patio y desparramando sillas y tiestos por los rincones.
Descontrolado por no poder correr a su antojo por las edificaciones que no puede sortear, golpea todo lo que encuentra en una carrera a obstáculos hacia las colinas. Gritos, aullidos y lamentos de una rabia desenfrenada se meten por las rendijas de una puerta para escaparse por otra. Las viejas vigas de madera que aguantan el techo desafían a la manaza del viento que intenta descaperuzar la casa, produce claustrofobia estar adentro acorralada por un enemigo invisible. Otros vientos con nombre y apellido como éste, pero en otros lugares, me han ululado su furia avisando de su poder si la intensidad aumentaba; pero aquí a un paso del mar y con ráfagas de 100 km/hora me siento en un castillo de naipes mientras un postigo desatado golpea chillando contra las paredes.
Unos veleros sorprendidos enfilan el reparo del puerto cabalgando sobre olas en formación de hileras apretadas que avanzan como un ejército hacia las escolleras; el Mediterráneo echa espuma que se esparce en gotas que vuelan lejos de la orilla y cubren los cristales de una patina blanquecina.
En la avenida que bordea el mar la gente desaparece barrida por el viento y es sólo un fluir de coches apresurados para llegar a destino.
Los caballitos del tiovivo parecen desbocados; seguramente dominados por el nerviosismo que les trasmite el Mistral, este gruñido continuo que perdura por horas que se convierten en días y al que el autor del juego, a mi ver, quedó sometido.