
Una secuencia de movimientos repetitivos rige en los poblados a lo largo del día; es la cadencia del quehacer cotidiano donde la máquina es el ser humano.
Una sucesión de brazos que muelen el cereal en el mortero y giran el cucharón para remover la comida. Manos que construyen cosas, cuerpos que caminan ondulantes cargando un peso excesivo sobre la cabeza. Pies que bombean en el pozo el agua que se esconde a 40 m. de profundidad. Pies que caminan descalzos o poco calzados.
Miro alrededor mío y me dejo llevar por lo que quieren los ojos. Los planos, los volúmenes, las tramas, el sol que lo quema todo, que ofusca la visión y entorpece el entendimiento.
Manos, brazos, pies, en contacto con un escenario natural, con una tierra seca pero voluptuosa que deja su marca en la piel.

El “Harmattan” sopla y a pocos metros se forma un ”tourbillon” que rápido se eleva varios metros y se mueve acelerado, violento, para desaparecer en segundos. Vuelve aparecer cambiando de sitio pero con el mismo proceso. Yo me asusto, una cabra también.
Los demás se limitan a filosofar un tranquilo. “ ça, c’est pas bon”.
Entre los ancianos del poblado, la Vida impertérrita se entretiene a preparar té de forma poco convencional