
Hay algo de mágico en el cuerpo humano cuando se mueve siguiendo reglas. El discóbolo en su preparación y lance del disco; el atleta, florete en mano o arma similar, intentando tocar el adversario; la increíble tensión muscular en el lanzamiento de la jabalina.
En todos la concentración de la acción, la belleza de un cuerpo domesticado y moldeado.
La fotografía congela el movimiento, sitúa los bailarines en una dimensión abstracta de estatuas donde nosotros podemos circular en una dimensión paralela y apreciar todos los fenómenos generados por el movimiento.

Sintiéndonos genios, con la cámara, osamos desafiar toda ecuación y simplificar la teoría de cuerdas y supercuerdas. En fin, que la energía que envuelve estos bailarines es maravillosa.
Sin energía quedé yo tras de un viaje en tren a Barcelona y un retraso apoteósico de 8 horas, mis dimensiones se redujeron pues el tiempo lo perdí.
Una exposición en el Palau de la Virreina me llevó a la dimensión de la memoria histórica del fotorreportaje y de la ciudad misma. Para quien ha vivido estos años, las fotos serán un remover de hechos y sensaciones.
El tren me devuelve a casa con las dimensiones conocidas gracias a un recorrido normal y en tiempo.